Crecer es un coñazo
Empezamos la vida en un medio acuoso, calentito, buceando permanentemente, alimentados por un tubo sin esfuerzo. El primer trauma llega el día de nuestro nacimiento, cuando el medio hostil nos obliga a hacer algo tan aburrido y monótono como es respirar. Vamos, que si lo sé no nazco.
Los primeros meses se resumen en dormir y succionar un pezón, que si lo pensamos detenidamente, no es mal plan. Los años posteriores el objetivo diario es jugar a todo lo que puedas y el mayor tiempo posible, sin mayor preocupación.
Las cosas empiezan a ponerse jodidas con los exámenes de evaluación y los primeros escarceos amorosos. El término currar se hace presente en tu vida, porque sin trabajar -o sea, sin el maldito esfuerzo- no consigues el éxito en ambos campos. Hay que empollar para sacar buenas notas y estudiar bien tu pose (si eres de los malotes tienes ventaja) para alcanzar ambos objetivos. Durante la adolescencia siempre saqué un suspenso en la asignatura Ligar.
La cosa se pone seria en la universidad, donde tienes que redoblar los esfuerzos de la época anterior, pero aún así, seguimos viviendo los años dorados: tus padres te mantienen y aún puedes llevar bien las resacas.
A partir del momento en que rompes el cascarón y empiezas a buscar trabajo comienza la cuesta abajo. No quiero explayarme mucho en esto porque me deprimo. Básicamente se trata de la mayor parte de tu vida en la que no sólo eres responsable de todo lo que hagas sino que además, en muchos casos, te apetece cargar con más peso y traes descendencia. El ser humano es masoquista.
El domingo se entregan los Oscar. No es mi favorita y se hace un pelín pesada pero ¿a quién no le gustaría ser Benjamin Button? Sobre todo si a medida que vas creciendo te vas convirtiendo… ¡en Brad Pitt!
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